Juárez

Tormenta sobre Centinela: entre rezos, gritos y la tormenta que provocó el caos

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  • Por Editora M

-Lo que parecía una lluvia pasajera terminó en cuestión de minutos en una tormenta que arrancó mobiliario, derribó equipo, inundó el área de invitados y obligó a decenas de personas a refugiarse entre cables, luces y estructuras. 

Mientras afuera se escuchaban rezos, llantos y gritos, al interior de la Torre Centinela continuaba el recorrido oficial encabezado por la gobernadora


Ciudad Juárez.-Primero fue una gota.
Después otra.
Nadie parecía darle demasiada importancia.

Horas antes, una ligera llovizna había acompañado la espera de los invitados a la inauguración de la Torre Centinela. 

Incluso parecía que el mal tiempo había quedado atrás. 
La ceremonia comenzó, avanzaron los discursos y finalmente llegaron los aplausos.

Todo parecía haber salido conforme al programa.

Al concluir el acto oficial, decenas de invitados aguardaban su turno para ingresar al nuevo edificio y realizar el recorrido por sus instalaciones. 

Afuera quedaban todavía sillas, pantallas gigantes, equipos de sonido, iluminación, estructuras, aparatos para mitigar el calor y buena parte del montaje utilizado durante la ceremonia.

Entonces el cielo cambió.

Y lo hizo en segundos.

Lo que parecía otra llovizna pasajera se transformó en una cortina de agua.
El viento comenzó a golpear las instalaciones. Las primeras personas buscaron cubrirse. Después vinieron las carreras.

La lluvia cayó con tal intensidad que en cuestión de minutos el escenario de una ceremonia cuidadosamente organizada se convirtió en un espacio dominado por el agua, el viento y la incertidumbre.

Las sillas comenzaron a desplazarse.
Equipos, estructuras y materiales quedaron expuestos a la tormenta.

Los aparatos de aire utilizados minutos antes para combatir el calor permanecían encendidos mientras el agua comenzaba a cubrir el suelo.

El nivel subió rápidamente.

Ya no había ceremonia.
Había que encontrar dónde protegerse.

Decenas de personas corrimos hacia dos carpas donde estaba instalado parte del equipo técnico. Pero tampoco eran precisamente un refugio seguro.

Había cables por todas partes.
Luces.

Conexiones eléctricas.

Equipo de sonido.

Agua corriendo debajo de nuestros pies.

Y entonces apareció el miedo.
Entre el estruendo de la tormenta comenzaron a escucharse rezos.
Algunas personas imploraban a Dios que la lluvia terminara.

Otras permanecían en silencio.
Hubo quienes lloraron.
También quienes gritaban buscando a familiares o conocidos.

Algunos, quizá como una reacción frente a los nervios, comenzaron a reír.

Pero nadie sabía exactamente cuánto duraría aquello ni hasta dónde subiría el agua.

De pronto se escuchó un fuerte golpe.
Una de las pantallas gigantes había caído.

—¡Llamen a los paramédicos!— se escuchó entre la gente.
Durante algunos segundos volvió la angustia.

La misma lluvia que había provocado el desastre terminó evitando una posible tragedia; minutos antes, el espacio donde cayó la estructura estaba ocupado por asistentes. 

La tormenta había obligado a todos a correr.

No se reportaron personas lesionadas.

El equipo no tuvo la misma suerte.
Parte del mobiliario y de los aparatos utilizados durante el evento quedó bajo el agua o expuesto directamente a la lluvia.

Alrededor reinaba el desconcierto.
Y mientras afuera se vivía aquella escena, dentro de la Torre Centinela transcurría otra realidad.

La gobernadora Maru Campos y funcionarios, acompañados por un amplio dispositivo de seguridad, realizaban el recorrido por las instalaciones del edificio recién inaugurado.

Desde los grandes ventanales podían observarse personas contemplando lo que ocurría abajo.

Afuera, bajo la tormenta, los invitados buscaban dónde cubrirse.
Pero nadie salía.
La escena producía un contraste difícil de ignorar.

Dentro estaba la Torre Centinela, presentada minutos antes como uno de los grandes símbolos tecnológicos de seguridad del estado.

Fuera, el agua avanzaba mientras decenas de ciudadanos intentaban protegerse debajo de improvisados refugios.

Incluso los agentes destinados a montar la escolta permanecieron durante varios minutos en sus posiciones.
De pie.
Empapados.
Inmóviles.
Esperaban una orden.

Parecían resistir estoicamente la tormenta hasta recibir la indicación de romper filas y buscar finalmente algún lugar donde resguardarse.

La lluvia continuaba.

Las calles cercanas comenzaron a acumular agua y pronto llegaron noticias de inundaciones en distintos puntos de Ciudad Juárez.

Lo que antes de la ceremonia parecía apenas una amenaza terminó transformándose en una tormenta capaz de trastocar, en unos cuantos minutos, uno de los eventos oficiales más importantes del día.

Quedaron las sillas tiradas, esparcidas ain un orden, mojadas.
Los equipos dañados.
Los cables bajo el agua.
Las personas empapadas.

Y quedó también una imagen difícil de borrar.

La de decenas de asistentes reunidos debajo de una carpa, algunos rezando, otros llorando y otros simplemente mirando hacia el cielo mientras esperaban que terminara.

Porque aquella noche, en la inauguración de una torre diseñada para vigilar y anticipar amenazas, hubo algo que nadie pudo controlar.
El cielo.

Y durante unos minutos, afuera de Centinela, no hubo tecnología, protocolo ni ceremonia.
Solo lluvia.
Gritos.
Rezos.
Y miedo.

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